93 92 R I C A R D O P A U - L L O S A L A M Ú S I C A D E L O J O O E L S U R G I M I E N T O D E L O B J E T O T A U M A T Ú R G I C O separa en forma radical del azar de referencias apropiadas que reinan entre lo efímero contemporáneo. Las raíces de su originalidad tienen que trazarse desde las cuatro acciones esenciales de la mano, reveladas en el instante primigenio del encuentro entre el ser y lo que no es el ser, el mundo. El número cuatro incorpora todos los arquetipos de lo terrestre, los puntos cardinales y las puntiagudas esquinas del cuadrado de lo terráqueo que, entrela- zado con el círculo celestial, forma la mandala . Estas dimensiones arquetípicas sirven de fondo al tema central de la mano como modelo de la capacidad de acción humana en el mundo. Cuando la mano une, establece un vínculo entre elementos que yacen esparcidos por la existencia, o sea en el reino exterior a la conciencia y al ser. El unir establece la primera frontera del ser. Surge como la fuerza detrás del tropo de la metáfora, cuyas asociaciones pueden revelar o crear vínculos entre cosas, entre ideas, o entre ambas. Resulta interesante que la metáfora sea también el tropo de la simultaneidad, pues lo unido establece un paradigma cuyos elementos son aprehendidos al mismo tiempo. Unir y dividir representan nuestro primer asalto contra la presión del tiempo, al evi- denciar que un acto de la mente puede suspender brevemente el impacto de lo secuencial en la conciencia a través de la afirmación de relaciones. A medida que el unir se hace más refinado y se integra más a los mecanismos del ser, esta acción esencial establece la propiedad, el afecto, la lealtad —y sus opuestos—. La misma mano es el ícono del unir: sus dedos se cierran para hacer de ella contenedor, se abren para volverla superficie, o se encaracolan en un puño. También encuentra en su propia estructura la acción de dividir, al abrir los dedos y anunciar su extraña individualidad dentro de su identidad unificadora. El unir en sí ya es una división, el acto de remover elementos del flujo, ponerlos bajo la designación y así hacer de ellos ciudadanos del orden, partícipes del éxtasis nominativo. Lo que se aparta del caos es final- mente dado como un sentido y así nace la significación. La propia noción del significado surge del poder de crear una secuencia de valores separada del flujo. La señal nunca puede ser su referente; el golfo que los separa son la libertad y la acción de la mente. La mano significa señalando con el dedo y creando señales escritas, pictó- ricas o gestuales. Nombrar y designar son extensiones lingüísticas de señalar página opuesta: I m agen per di da 5 (revés) , 1992. En la naturaleza, el orden convive con el caos. Un paisaje es orden y, por ello, lleva implícito un lenguaje que comprenden sus moradores: la montaña, la llanura, el río, la piedra y la nube tienen sentido, cada uno por sí mismo y también en relación con los otros.

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